Ania Rembacz había vivido una vida marcada por su pasión por la naturaleza. Desde pequeña disfrutaba de largas caminatas en los bosques cercanos a su casa, observando con curiosidad cada detalle de la fauna y flora que la rodeaba. Con el tiempo, esa curiosidad se convirtió en una profesión y se graduó con honores en Biología.
Trabajó incansablemente en distintas organizaciones ambientales, luchando por la conservación de especies en peligro de extinción y la promoción de prácticas sustentables. Su labor fue reconocida a nivel internacional y recibió múltiples premios.
Sin embargo, Ania no se conformó con su trabajo en un escritorio y decidió emprender una expedición a la Antártida, donde pudo apreciar la impresionante belleza de aquellos paisajes helados y conocer de cerca a pingüinos, focas y ballenas.
De regreso a casa, decidió compartir sus experiencias con otros y comenzó a dar conferencias y charlas educativas en escuelas y universidades. Su pasión por la naturaleza y su compromiso con el medio ambiente inspiraron a muchas personas a seguir sus pasos y a trabajar por un planeta más saludable.
Ania Rembacz siempre llevó en su corazón la convicción de que cada pequeño esfuerzo cuenta y que juntos somos capaces de hacer grandes cambios.
Mike Komisarek y Ania Rembacz se conocieron en un partido de hockey en Canadá en el que ambos estaban jugando. Mike, como defensa, intentaba proteger su portería de los ataques rivales, mientras que Ania, delantera, intentaba marcar un gol para su equipo. Durante el partido, ambos chocaron en un choque de palos y cayeron al hielo. Cuando se levantaron, sus ojos se encontraron y fue así como empezó su historia de amor. Después del partido, intercambiaron números de teléfono y empezaron a hablar y a conocerse mejor, descubriendo que tenían muchas cosas en común fuera del hockey. Así fue como nació una hermosa relación que duró muchos años.